El olor a gorditas de maíz, envueltas en papel china, es la primera indicación de que la Basílica de Guadalupe se encuentra cerca; un grupo de personas pasan arrodilladas, con los ojos cerrados y las manos unidas en señal de oración y penitencia, mientras el sudor recorre lentamente sus mejillas.
“¿…No estoy yo aquí que soy tu madre…?” frase enmarcada con letras doradas en la pared, indica a los peregrinos que han llegado a su destino, en el cenit del edificio una cruz toca el cielo, a sus pies un gran manto verde, semejante al de la Guadalupana, cubre el inmueble. Un letrero en la puerta del templo indica que el paso con globos se encuentra prohibido, debajo de el, un indigente busca comida en un bote de basura
En el interior las banderas de decenas de países ondean orgullosas a los pies del ayate, prenda que sustenta la creencia de millones de mexicanos en la Virgen Morena del Tepeyac; el antiguo órgano acompaña a los infantes de la Escuela Cristóbal Colón mientras entonan la homilía dominical, como lo hacen desde el 12 de Diciembre de 1776.
Detrás del altar, un pasillo subterráneo permite a los visitantes contemplar en todo su esplendor el lugar donde se encuentra el ayate perteneciente al indígena conocido como Juan Diego, quien fue canonizado por el Papa Juan Pablo II en el año 2002, mismo que mostró a fray Juan de Zumarraga como prueba de su comunicación con la Virgen María.
Tradición
La historia sobre la fundación de la Basílica de Guadalupe comienza un sábado de 1531, corría el noveno día del último mes del año, en el cual Juan Diego Cuauhtlatoatzin, residente del pueblo de Texcoco, recibió la visita de la Virgen María quien le ordeno ir con fray Juan de Zumarraga y convencerlo de levantar un templo para su adoración.
El fraile en primera instancia se negó, ante esto Juan Diego regreso a su casa, así las apariciones de la Virgen continuaron hasta el 12 de Diciembre, día en que la Guadalupana le pidió cortar unas rosas que florecieron en la punta del cerro del Tepeyac, y llevárselas a Zumarraga como prueba de sus apariciones.
Cumpliendo sus órdenes Juan Diego acudió con el obispo para mostrarle las flores, la historia cuenta que cuando el indígena desenvolvió su ayate la imagen de la Virgen de Guadalupe quedo plasmada en el mismo, convirtiéndose en prueba de los deseos de la “Morenita”.
Juan Diego el mito
Cabe señalar que fray Juan de Zumarraga no menciona en sus memorias el hecho, por lo cual diversos especialistas dentro de la iglesia católica niegan la existencia de la Virgen de Guadalupe y del indígena Juan Diego, asegurando que solo se trato de un “mito” y no “un ser de carne y hueso” como lo señala el padre Manuel Ollimón, profesor de la Universidad Pontificia de México.
Otros especialistas señalan que no se habla de Juan Diego hasta el año 1648, como lo afirman David Brading (catedrático de la Universidad de Cambridge) y Stafford Poole (sacerdote e historiador). Es hasta la publicación del libro “Imágenes de la Virgen María”, escrito por un presbítero criollo llamado Miguel Sánchez, que Juan Diego aparece.
También señalan que la capilla construida en la cima del Cerro del Tepeyac, no fue construida durante la vida del primer obispo de México quien murió en 1548, sino que se edifico hasta el año 1550 por órdenes de su sucesor fray Alonso de Montúfar.
EL motivo de la construcción tal vez se deba a la unificación del rito de adoración hacia la Tonantzin, antigua diosa azteca la cual era venerada en el Cerro del Tepeyac, y la nueva religión que los frailes buscaban inculcar a los indígenas.
Los mas conservadores dentro del catolicismo señalan que la imagen de la Virgen solo debe ser tomada como una magnifica obra de arte y no como algo más, así lo señalo el mismo Juan Pablo II durante su visita en el año de 1990.
El ayate
Contrario a la posición de ciertos sectores, los creyentes de la Guadalupana buscan día con día reafirmar la autenticidad del ayate de Juan Diego.
Especialistas se han dedicado a lo largo del tiempo a analizar a fondo la imagen, es así como en el año 1951 José Carlos Salinas Chávez descubre unas pequeñas impresiones en los ojos de la Virgen; donde ser pueden observar varias personas, más específicamente en las corneas.
En 1979 el licenciado en sistemas computacionales José Aste Tönsmann, continuo con las pruebas al ayate, llegando a la conclusión de que son trece las figuras que pueden observarse en el reflejo y que dicho reflejo se encuentra en el mismo sitio donde se encontraría en cualquier se humano.
Actualmente este es el argumento más fuerte y sobre el cual sostienen el mito, dicen que el tamaño de las corneas (de 7 mm a 8 mm) imposibilita que hayan sido creadas por el ser humano y menos con las técnicas desarrolladas durante la época del Virreinato.
Los Feligreses
La Basílica de Guadalupe es el segundo templo católico con más visitantes al año, recibe cerca de 20 millones de personas, en el mundo; solo detrás de la Basílica de San Pedro ubicada en el Vaticano.
Siendo el 12 de Diciembre el día que más visitantes acuden al santuario, tres millones de personas aproximadamente, este día celebran la aparición de la Virgen a Juan Diego, los peregrinos acuden de todas partes del país, inclusive las festividades son transmitidas por televisión nacional.
El Templo
La llegada de inmensas cantidades de peregrinos, ha provocado a lo largo del tiempo que el templo haya sido modificado y reedificado varias veces.
El primero fue construido en la cima del cerro, lugar donde se dice que Juan Diego vivió hasta sus últimos días y donde entrego su vida al servicio de la Virgen de Guadalupe; después en 1709 se puso en marcha el proyecto de la primera Basílica de Guadalupe.
Las oleadas de feligreses provocaron que las autoridades se plantearan la creación de un templo más grande, así en 1976 la nueva Basílica de Guadalupe fue consagrada por el Papa Paulo VI.
Actualmente la Villa de Guadalupe consta de varios edificios, la antigua Basílica, la nueva Basílica, las capillas del Cerrito y el Pocito, además de un panteón. Actualmente la antigua Basílica fue convertida en museo, donde se exhibe arte virreinal así como exvotos que los feligreses han donado a lo largo del tiempo.
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