lunes, 27 de septiembre de 2010

Hidalgo: la historia jamás contada (El Nini del bicentenario)

Una vez terminada la cruda del festejo bicentenario, sólo nos queda mirar hacia atrás y preguntarnos ¿Quedó algo para la posteridad? ¿De qué forma nos juzgará la historia a los que nos tocó vivir estos 200 años del inicio de la independencia? Podemos decir que el desfile fue fugaz; en cuanto a obras públicas, el que todas digan bicentenario no quiere decir que se identifiquen con este; monumentos, no hay (por el momento); así que lo único que nos queda son las artes. En especial el cine. Aquí es donde entra Hidalgo: la historia jamás contada.

De las cintas hechas expresamente para este aniversario de la patria, es la única que abarca el periodo independentista de nuestra historia, sin contar la película animada Héroes Verdaderos. A diferencia de El Atentado (Jorge Fons) y El Infierno (Luis Estrada), Hidalgo… basa su trama en la vida “secreta” del Padre de la patria e intenta darle al espectador nuevos datos que no incluye su estampita de la papelería.

Pero es exactamente ése el punto en que falla el largometraje. A lo largo de sus 115 minutos de duración, es notoria una indefinición sobre lo que buscan el guionista (Leo Eduardo Mendoza) y el director (Antonio Serrano). Ni es una película biográfica Ni es puro entretenimiento.

Esta vaguedad provoca que el clímax de la película se pierda y se desdibuje; inclusive uno de los personajes dice: “tanto para esto”. El proyecto original sonaba más coherente, Hidalgo Molière era el titulo, y el argumento se desenvolvía con el cura Hidalgo tratando de montar El Tartufo de Molière, pero como sucede en muchas ocasiones, la ejecución del plan falla.

Así, Antonio Serrano logra momentos rescatables, como los ensayos de la obra de teatro, pero existen, de igual manera, momentos poco logrados que entorpecen el desarrollo de la historia, como la escena del son jarocho donde el padre Hidalgo baila con una “devota” de Dios.

El casting tampoco es de lo más atinado. Comenzando por el “comediante” Yurem Rojas, quien fue elegido para interpretar al joven Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor (sí, por si usted no lo sabía, ése es el nombre completo del cura). Yurem habla como si viviera en pleno siglo XXI en cualquier colonia al sur de la ciudad, cuando, en teoría, su acento debería estar más cercano al de los españoles peninsulares de la Colonia.

Un problema que parece comenzar a volverse endémico para el cine mexicano es la falta de actores, pues los mismos rostros de la televisión integran el reparto de cualquier película mexicana, o la última cinta nacional que se estrenó, comparte actores con la de la próxima semana. Este inconveniente puede resultar, a la larga, altamente perjudicial para la industria. Es necesario dar oportunidades a los nuevos talentos antes de que sea demasiado tarde.

De esta forma, Hidalgo: la historia jamás contada se queda a medias en su objetivo, igual que estos festejos por el Bicentenario. Fiel reflejo del país en que vivimos, ni cómo negarlo.

martes, 7 de septiembre de 2010

El Infierno: Realidad sin ficción

Narcotráfico, drogas, autoridades corruptas, violencia, muertos en cada esquina, crisis económica, hambre, pobreza, desdicha, desolación; sé lo que están pensando, dirán las noticias han comenzado nuevamente, pero se equivoca, no son las noticias es la nueva parábola de Luis Estrada, El Infierno.
Después de 20 años en los Estados Unidos, Benjamín Díaz ha regresado a su tierra, un “ficticio” San Miguel de Allende, de donde huyó siendo un chaval en busca de oportunidades, pero se topa con que las cosas están peor que cuando el partió hacia suelo norteamericano.
Luis Estrada apoya el desarrollo de la trama en sus dos actores principales, Damian Alcazar (el “Beni”) y Joaquín Cosío (el “Cochiloco”), quienes brindan grandes actuaciones apoyados por un excelente reparto: María Rojo, Ernesto Gómez Cruz, Jorge Zarate, Daniel Giménez Cacho, entre otros (incluido un homenaje a  Mario Almada).
Al igual que en La Ley de Herodes (1999) el director trata de proyectar la realidad por medio de una parábola sobre la vida, arrancado en el humor negro para terminar en la tragedia de lo que se vive, pero, al contrario de la película del 99 El Infierno se ve rebasada por lo cotidianeidad.
Es difícil no ver la cinta y sentir que el relato de Estrada se queda corto con lo que miles de mexicanos viven diariamente, mientras que el La Ley de Herodes el México que se analizaba era el de los 72 años del PRI en el poder y al menos para esas fechas se vislumbraba un cambio, incierto pero cambio al fin. El presente luce más nublado.
Muestra es que en alguna parte del largometraje uno de los personajes apunta que ya hay 13 mil muertos debido a la “guerra” contra el narcotráfico, eso hace una año de la filmación y como lo dijo Estrada en la conferencia de prensa, esa cifra sonaba ilógica y por eso la usaron, tristemente al día de hoy ese numero “estratosférico” se ha visto rebasado y con creces.
Damian Alcazar de nuevo interpreta el papel de un hombre que es victima de las circunstancias y de su entorno, que ve rebasados sus deseos de superación y ante el callejón sin salida decide subsistir no importando el precio ni las consecuencias.
Por su parte Joaquín Cosío logra con su “Cochiloco” un interpretación que quedará arraigada en el subconsciente colectivo del mexicano y se convertirá en una referencia obligada sobre el estilo de vida de los narcotraficantes.
Sí algo hay que reconocerle a Luis Estrada es la sapiencia para saber llevar el filme sin que el ritmo decaiga y la atención de espectador no se escape. Además de un buen guión plagado de lugares comunes del acontecer nacional, desde el policía corrupto hasta la prostituta de buen corazón, en este caso Elizabeth Cervantes como Lupita.
Hacia el final de la cinta las reacciones son diversas, supongo que en el Distrito Federal el público puede tornarse más reflexivo con lo que acaba de ver, pero no puedo evitar preguntarme ¿Qué sentirán los habitantes de Tijuana, Monterrey, Michoacán, o cualquier otro lugar del país donde la única ley que existe es la del más fuerte, al ver El Infierno? En caso de que la inseguridad les haya permitido llegar a su cine más cercano.
Quizá, como bien apunta Maximiliano Torres en su columna en Milenio Diario, Luis Estrada debió esperar un poco más para hacer una reflexión de este tamaño, aunque, quizá para entonces no exista país que retratar.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Atentado: Pasado que se repite

¡Que chingue a su madre el presidente!
En 1897, casi una década antes del comienzo de la Revolución, un ebrio estudiante de leyes atentó contra la vida del entonces presidente, Porfirio Díaz, aunque falló y el dictador salió sin rasguño alguno. Ésa es la historia de El Atentado (2010) la nueva película de Jorge Fons.

Con un presupuesto inalcanzable (78 mdp) para la mayoría de las producciones mexicanas, Fons busca reflexionar acerca de la sociedad que componía al Porfiriato y la que compone el presente, sugiriendo que tal vez las dos no sean tan diferentes a pesar de que ha pasado más de un siglo.

Podemos decir que eso es lo más rescatable de la película, una reflexión que se ve truncada debido a la poca pericia de Jorge Fons, problema que ya había tenido el director en Rojo Amanecer (1989), donde aborda la matanza de estudiantes del 2 de Octubre del 68 desde la perspectiva de una familia de clase media atrapada a mitad del conflicto.

Una de las principales fallas de El Atentado es que el guión nunca se define entre el thriller político o el conflicto amoroso que viven los protagonistas con Cordelia Godoy (Irene Azuela) y esto da como resultado un desarrollo muy lento y predecible para los espectadores.

Alfred Hitchcock decía que “mientras más logrado fuera el malo” más lograda era la película; en este caso, ninguno de los personajes “malos”, interpretados por Aarón Hernán y Julio Bracho, logran una buena actuación. En ningún momento es posible sentir las motivaciones que los llevaron a organizar un ataque contra Porfirio Díaz. De esta forma, la intriga política nunca despega.

Por otro lado, Irene Azuela, a pesar de ser una buena actriz, no logra imponerse en su papel y se pierde entre los flashbacks que tratan de explicar los amoríos de Cordelia con el escritor Federico Gamboa (Daniel Giménez Cacho), Arnulfo Arroyo (José María Yazpik) y Eduardo Velázquez (Julio Bracho). Una historia de amor que nunca se resuelve y que en pantalla nunca logra una verdadera tensión entre sus actores.

Fons trata de introducir a lo largo del filme varias reflexiones para el público. Una de ellas sobre los compromisos de la prensa para con sus lectores, ¿a quién se le debe el medio? ¿Al poder o a la sociedad? ¿A quién debe servir? Esto se representa en Álvaro Mateos (José María de Tavira), un joven periodista de El Imparcial, que ve comprometida su ética laboral y se ve en la necesidad de tomar partido, callar o rebelarse.

Pero toda esta reflexión se cae por la borda cuando el mismo Fons se deja llevar por sus intereses; el GDF, de extracción perredista, contribuyó para el presupuesto de la cinta y resultan obvias las referencias y los ataques al gobierno de Felipe Calderón, un claro ejemplo de esto es cuando uno de los payasos del circo dice “haiga sido como haiga sido”, o cuando el personaje de José María Yazpik canta a la menor provocación: “que chingue a su madre el presidente”.

En 120 minutos de duración, el filme nunca logra obtener un buen ritmo, inclusive resulta repetitivo por algunos lapsos. Además parece que Jorge Fons quería dirigir más una telenovela que una película con esta historia, hay demasiada paja y subtramas que nunca explotan.

Lástima, pudo haber sido un excelente ejercicio para una nación que llega perdida a conmemorar  fechas sólamente por el pretexto de hacer fiesta.