jueves, 28 de octubre de 2010

ESTO NUNCA DEBIÓ EXISTIR (O AL MENOS DEBERÍA DE SER LA ÚLTIMA VEZ QUE LO HACEN)

Desde la aparición de La Bruja de Blair allá por el lejano año de 1999, a partir de ese día las películas de terror nunca han vuelto a ser lo mismo, decenas de imitaciones posteriores han tratado de recrear lo logrado por Daniel Myrick y Eduardo Sánchez (que tampoco era la gran cosa) sin poder lograrlo.
Actividad Paranormal 2 narra la historia de una familia con un recién nacido, la cual debió a este acontecimiento comienza a sufrir el acoso de un ente del más allá. ¡Qué mello!
Hace unos años Actividad Paranormal se estreno cuando todavía resultaba semi-novedoso el uso de cámaras de seguridad y cámara en mano para conectar con el espectador y transmitir terror, pero para esta secuela el recurso ya resulta soso y lentamente se está convirtiendo en un cliché.
El cine de terror gringo hace mucho que perdió la brújula, las viejas glorias de Wes Craven cada día se notan más lejanas, cintas como Pesadilla en la Calle del Infierno (el enemigo estaba en tu subconsciente), Chuky (el mal representado por un inocente juguete) o Viernes 13 (todo sucedía en campamento de verano) resultaron exitosas no sólo por que jugaban con el factor emocional de la audiencia sino porque la psicología juagaba un papel importante en el desarrollo de la historia.
Inclusive los españoles lograron mejores resultados usando las técnicas mostradas en Actividad Paranormal, recordemos REC (2007, Jaume Balagueró y Paco Plaza) la cual tuvo un éxito impresionante y una buena recepción del público, tanta fue la notoriedad que logró que Hollywood hizo su propia versión: Quarantine (2008, John Erick Dowdle).
Esto ni siquiera aparece en la película
Al comienzo de Actividad Paranormal 2 el lógico que los asistentes a la sala de cine se asusten, obvio saltan de sus asientos, pero esto se debe más al incremento en el volumen de los golpes en la bocinas y no a una trama que atrape, lo cual a la larga provoca que el final resulte predecible una media hora antes de que aparezcan los créditos.
Resulta curioso que las distribuidoras mexicana decidieran poner a competir en la cartelera a dos opciones tan similares y tan fallidas al mismo tiempo, Actividad Paranormal vs El Último Exorcismo. Ambos filmes utilizan los mismos recursos de narración, y aunque en El Último Exorcismo el director y el guionista tratan de que el desenlace resulte sorpresivo esto no salva el largometraje (el cual por cierto uso un truco muy barato para promocionarse, no se dejen engañar por el poster Quentin Tarantino no tiene nada que ver aquí).
Hollywood debería girar la cabeza y analizar que están haciendo bien los asiáticos, quienes continúan provocando un espanto tras otro, pero cuando se dan las adaptaciones americanas la magia se pierde, aunque se haga cuadro por cuadro.
Es necesario un cambio sino la industria fílmica, al menos en el terror, está destinada al fracaso.

ENTRE BARDEM Y EL EGO DE IÑÁRRITU


Biutiful llegó a las salas mexicanas con el respaldo de ser la última (o la más reciente dicen los educados de la lengua) película de Alejandro González Iñárritu, uno de los “tres compadres” (Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro completan el triunvirato) proclamados como los redentores del cine mexicano, además del soporte que le otorga el premio a la mejor actuación del Festival de Cannes para Javier Bardem; gracias a esto gozó de una gran campaña publicitaria a diferencia de las demás cintas de manufactura nacional condenadas a dar el semanazo en cartelera.Iñárritu ejemplifica a la perfección uno de los síndromes que aquejan en la actualidad al cine mexicano: la falta de consistencia y evolución en la ideas del cineasta. Al revisar Amores Perros (2000), es notorio que el director está echando toda la carne al asador, a sabiendas de que hay muchas posibilidades de nunca volver a tomar una cámara, como muchos otros realizadores mexicanos caídos en desgracia.
En Biutiful se narra la historia de Uxbal, un catalán que inexplicablemente habla con los muertos (al estilo de Ghost Whisperer), además se dedica a colocar mercancía que producen un grupo de esclavos chinos en un taller y tiene cáncer de próstata. Todo esto sin el aderezo de la fragmentación del tiempo, convirtiéndose en una historia completamente lineal, situación predecible después de su sonado rompimiento con Guillermo Arriaga, coguionista de sus tres primeros filmes.
Pero es aquí donde comienzan las fallas, Iñárritu, a pesar de todo su esfuerzo, no logra cuajar un buen guión. El que Uxbal hable con los muertos nunca es explotado como recurso narrativo para ayudar a avanzar el filme, sólo como accidente de la trama, lo cual resta fuerza al gran trabajo que realiza Javier Bardem. Los personajes secundarios tampoco ayudan mucho, pues abundan y ninguno se desarrolla completamente, desde la ex esposa alcohólica y ¿prostituta?, la pareja de chinos homosexuales (diversidad metida con calzador), hasta la inmigrante senegalesa, todos empantanan la trama y como consecuencia, la cinta se siente larga sin justificación alguna.
Es gracias a la gigantesca actuación de Javier Bardem que la película encuentra su justificación. Su Uxbal es un personaje entrañable y de gran identificación con el público. No es de extrañarse que el jurado de Cannes lo eligiera como la mejor actuación del certamen. También como resultado del trabajo de Bardem que “El Negro” destaca en lo que mejor sabe hacer: un buen trabajo de actores y cintas con tintes de melodrama.
La búsqueda de historias universales por parte del director de 21 Gramos lo lleva a tratar de meter la mayor cantidad de elementos posibles dentro de un microcosmos (la inclusión de la relación gay es claro ejemplo de esto). Tantas particularidades impiden lograr la universalidad. Y hablando de escenas forzadas, la secuencia del antro es un hermoso concierto de sinsentidos.
Quizás Alejandro González Iñárritu recapacite para su próximo trabajo y busque un buen guionista. No es necesario que regrese con Arriaga, pero es casi 100% seguro que el ego desmedido del cineasta le impida ver más allá de su propia nariz.

Por Rafael Paz