domingo, 28 de marzo de 2010

El oso comunista y sus corderos

Observar El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel es confrontar a la burguesía con su presente, entorno, costumbres y desenvolvimiento hacia las demás personas.

El guión, original de Buñuel, está plagado de frases memorables y lugares donde el espectador se cuestiona el por qué este grupo de personas se ve inhabilitado a hacer lo que desea, tema que es abordado en otras cintas de Buñuel como Ese oscuro objeto del deseo (1977), donde al protagonista se le niega la satisfacción sexual; en La edad de oro (1930), los amantes desean unirse pero fracasan; mientras que en El discreto encanto de la burguesía (1972), los personajes desean cenar juntos, no importando lo demás, sin embargo, tampoco lo consiguen.

En El ángel exterminador, los burgueses se ven impedidos de salir, sin ningún motivo aparente, de la sala donde reposan los alimentos después de la cena. Buñuel logra plasmar e introducir al espectador en la claustrofobia y desesperación que sufren los personajes (parecido, aunque en un sentido totalmente diferente, a la claustrofobia descrita por Roman Polanski en Repulsión 1965).

Es durante su cautiverio que inicia la confrontación entre los personajes y las tradiciones burguesas. No es gratuito que cuando uno de los participantes de la cena se despoja de su frac, los anfitriones exclamen que se ven en la penosa necesidad de rebajarse al nivel de su invitado mientras relajan sus prendas.
También está cargado de simbolismo el diálogo que entablan las señoras de la alta sociedad al hablar de un accidente de tren, en cual, el vagón de tercera clase sufre un accidente y la mayoría de los pasajeros muere, pero como son pobres “sufren menos”, en cambio, la misma que dice no sentir lástima por los fallecidos en el desastre, asegura haberse desmayado en el funeral de un príncipe europeo por ser una pérdida muy importante para su familia.

Buñuel provoca que con el paso de los minutos se generen sentimientos encontrados hacia los personajes: por una parte su situación genera lástima pero al mismo tiempo es posible justificar su “castigo”.

Es preciso resaltar que Luis Buñuel nunca se sintió satisfecho con la película, pues él deseaba filmarla en Europa, donde tendría “cierto lujo en el vestuario y los accesorios”. Igualmente, el director se esforzó por elegir actores cuyo físico no evocara necesariamente al de un mexicano, como lo explica en sus memorias (Mi último suspiro de Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière).

Es oportuno señalar que estos lamentos de Buñuel no menoscaban la calidad de la cinta, que tiene como protagonistas a Silvia Pinal (en su segunda cinta con *Buñuel*) como Leticia, Enrique Rambal como Edmundo Nobile, Claudio Brook (quien tres años después seria el actor principal en Simón del Desierto 1965) como Julio, el mayordomo, y Jacqueline Andere como Alicia de Roc.

El surrealismo también es parte esencial de la cinta, como se ve reflejado en varias de las secuencias y en el guión mismo. Desde el comienzo podemos observar cómo el surrealismo se hace presente en escenas como aquella en que los invitados entran a la casa, pues se repite de forma extraña; hay otras, como en la que un par de corderos (que después son destazados) y un oso merodean la casa, o cuando una de las invitadas sueña continuamente con una mano que sale de una de las puertas, mientras que otra expresa haber visto un águila pasar al bajar la tapa del retrete.

Todos estos guiños al surrealismo, movimiento del cual Buñuel formó parte junto con su amigo, Salvador Dalí, y que daría forma a su primer filme, Un perro andaluz (1929), nunca fueron explicados por el director como algo más allá del deseo de plasmarlos en celuloide.

Si al final de la cinta Los olvidados (1950), Pedro es incapaz de cambiar su destino fatal, en El ángel exterminador, todos los asistentes a la fiesta escapan de la casa, pero al visitar la iglesia, vuelven a verse cautivos de sus propias tradiciones y no pueden salir, dejando al espectador atrapado en sus propios problemas y cavilaciones.

El Arte del Engaño


La oda al engaño de Orson Wells, F for Fake, nos interna en el mundo de las falsificaciones y las personas que viven de este arte, no importa si son cineastas, pintores, escritores o el espectador mismo.

Wells narra la historia de Elmyr de Hory, quizá el más grande falsificador de arte de todos los tiempos, pero al mismo tiempo la estructura y narración de la cinta nos hace preguntarnos ¿es realmente Elmyr un ladrón?

¿No es el cineasta al mismo tiempo ladrón de la realidad?

No existen grandes diferencias entre Elmyr de Hory o cualquier cineasta, el cine no es más que capturar la realidad mientras escapa con el tiempo, congelar una escena, plasmarla en celuloide y repetirla una y otra vez para revivirla, a pesar de que nunca podrá existir nuevamente.

Como acusar a Elmyr de delincuente, si sus trazos son igual de exquisitos, inclusive mejores, que los originales. Son tan buenas falsificaciones, que todos los expertos de arte de cualquier museo los aceptan y elogian.

Mentir, es una habito innato en el ser humano. Mentimos para sobrevivir y mimetizarnos con el medio en que nos desempeñamos, la realidad es un juego de apariencias y el arte es la extensión del engaño.

Inclusive Orson Wells se inició engañando a su audiencia, su salto a la fama se da después de esa legendaria transmisión de La Guerra de los Mundos, el terror causado por el relato llevó al público a pensar que realmente unos marcianos se entrevistarían con el presidente Roosevelt y paso seguido conquistar la Tierra.

¿Pero, quién es el verdadero culpable del engaño?

Sin duda el engañado que se dice experto en cierto tema, para quienes no es importante la firma sino el resultado de la obra que están apreciando, si son falsas o autenticas no tiene repercusión.

Es necesario tener un gran talento para crear imitar la obra de otro artista, o para absolverla, digerirla y expresarla en algo nuevo. No podemos decir que Quentin Tarantino, Jean-Luc Godard, Woody Allen, George Lucas, Stanley Kubrick, y muchos otros, sean estafadores (aunque hay algunos cineastas que si hacen falsificaciones burdas, ¿verdad 500 días con ella?).

No era el mismo Neorrealismo Italiano, un intento por reproducir la realidad tal y como se vivía y respiraba después de las grandes guerras y sus devastados paisajes.

¿Quién se engaña? ¿El que redacta o el que lee este texto?

sábado, 6 de marzo de 2010

Caín de José Saramago


La recreación del Antiguo testamento de José Saramago, confronta al lector con una de las cuestiones principales acerca de la religión, ¿existe Dios? O al menos el Dios judeocristiano.

En Caín, Saramago se regodea blasfemando a Dios y su proceder para con el mundo que creó y después abandonó a su suerte, ya sea por prepotencia o negligencia propia de la omnipotencia de dicho ser supremo.

Pero sobretodo el autor explora ese lado de Dios que la Biblia y las autoridades eclesiásticas olvidan selectivamente, su bipolaridad innata.

En consecuencia el supuesto ser supremo, es Bien y maldad al mismo tiempo (el pasaje donde Dios permite al demonio atacar a Job, a pesar de que es fiel, es muestra de su bipolaridad), es el todo y la nada, es compasivo y vengativo, es todo y nada. Y mejor no abordemos su homosexualidad, es un tema escabroso.

Desde la creación del hombre, Dios se encarga de ayudarlo al brindarle todo lo que ofrece el paraíso y de perjudicarlo al expulsarlo sólo por seguir la curiosidad, que todo ser humano tiene desde su nacimiento.

La historia de Job es un ejemplo perfecto de lo el comportamiento de Dios, si es todo poderoso y compasivo ¿por qué no detiene los males que azotan a su fiel sirviente? Es esto una muestra de que Dios perdió interés en su experimento, la humanidad, desde el momento mismo en que le dio libre albedrío.

Este tema en específico también es abordado en la cinta de los hermanos Ethan y Joel Coen, Un hombre serio (2010), donde narran la historia de Larry Gopnik, ferviente seguidor de la tradición judía y que lleva una vida tranquila en los suburbios, hasta que un día todo comienza a desmoronarse, su esposa lo engaña, sus hijos viven absortos y ajenos de los problemas que aquejan a su padre, en el trabajo un estudiante coreano amenaza con acusarlo de corrupción y fraude.

Sin saber a donde ir Larry busca la solución de sus problemas en la religión que ha seguido al pie de la letra toda su vida, se entrevista con 4 rabinos diferentes, quienes en teoría deben ofrecerle una respuesta basada en su gran conocimiento de la palabra de Dios. Al igual que Caín en la novela parece tener una marca indeleble que lo predestina a un punto sin retorno, donde su vida se desmorona completamente.

Al mismo tiempo en la historia Saramago aborda lo sucedido en la Torre de Babel, donde al ver amenazada su superioridad por su creación, Dios decide confundir y hacer pelear a aquellos que anteriormente trabajan en total armonía y entendimiento. Símil de la lucha intestina que mantiene cierto sector de la iglesia con la ciencia y la tecnología, solo basta rememorar ese capitulo oscuro llamado la Santa Inquisición.

El egoísmo mostrado por el Señor, no concuerda con la imagen que nos ofrece la Iglesia Católica Romana. Otro que indaga en este egocentrismo de Dios es Pier Paolo Pasolini, director de cine italiano que en su largometraje Teorema (1968), presenta a una familia con una profunda crisis de identidad, que se alivia rápidamente con la visita de un extraño (Dios) en su hogar.

El desconocido resuelve los problemas de cada uno de los habitantes de la casa, pero de un momento a otro los abandona, dejándolos más desolados que antes y sin rumbo en especifico, agravando los dilemas que los aquejaban. Provocando que el espectador se cuestione acerca de la necesidad de la existencia de Dios y su utilidad para con el género humano.

O la visión de Luis Buñuel con Los Olvidados (1950), donde muestra ese sector de la sociedad relegado por las clases altas e ignorado por Dios, que parece predestinado a un futuro incierto y devastador, donde a pesar de que Pedro trata de salir del hoyo donde nació no lo logra.

Imposible leer y no preguntarse si es correcto alabar a un ser todopoderoso que asesina sin piedad, aún a inocentes como en el caso de Gomorra. ¿Qué diferencia hay entre este Dios genocida y los asesinos seriales? Entre Dios y Adolph Hitler, cuando los dos en nombre de sus ideales asesinan inocentes.

Es valido preguntarse sobre la existencia de Dios, cuando alrededor del mundo podemos observar su total ausencia, el terremoto que devastó Haití, inundaciones, nevadas fuera de control, calentamiento global y miles de seres humanos que diariamente mueren debido al hambre.

Si Dios existe, ¿por qué nos abandonó?

“Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda”

José Saramago

La muerte del cine por James Cameron


Publicó esta crítica antes de que lleguen los Oscar, donde la película de James Cameron, Avatar, es considerada una de las favoritas para ganar el principal galardón de la noche: Mejor Película.

Es innegable que Avatar, merece un Oscar, pero este no debe de ser Mejor Película ni el de director. La mayor contribución de Avatar (y de James Cameron en consecuencia) es tecnológica, ya que Cameron tardó más de una década en desarrollar la cámara con la que filmó Avatar.

La cinta como producto cinematográfico cojea en todos los frentes, el guión si bien no es un plagio directo, es posible rastrear retacería de miles de otros filmes (desde Pocahontas hasta Gorilas en la Niebla, pasando por Julio Cortázar e Isaac Asimov en la literatura). De esta forma la trama de la película no ofrece nada nuevo, un chico con problemas personales (en este caso es paralitico) conoce a una chica con problemas aun mayores (cualquier persona que gaste su tiempo enseñando los dientes a su pareja debe tener problemas psicológicos), por lo tanto desde los primeros quince minutos el espectador es capaz de deducir que viene a continuación.

Otro punto flaco, es la construcción de personajes, todos los personajes son blancos o son negros, ninguno maneja matices (especialmente los protagonistas Sam Worthington y Zoe Saldaña). De esta forma continuamos con los lugares comunes, la pareja debe enfrentar al general que es peor que los triglicéridos, al novio despechado y de paso la incomprensión del mundo que no entiende su amor (misteriosamente suena a Titanic, ¿no?)

Ni hablar del débil comentario o metáfora política que contiene el filme, si de hablar de la guerra en Irak y Afganistán se trata, mejor tratar la psique de los soldados que regresan trastornados de una guerra sin sentido (más allá del económico), mejor ver In the Valley of Elah con Tommy Lee Jones o en su caso The Hurt Locker de Kathryn Bigelow, dos claros ejemplos de lo que espera a los americanos con sus veteranos de esta guerra.
Todos estos puntos malos deben ser atribuidos en su totalidad a James Cameron, quien al concentrarse demasiado en la parte tecnológica de la cinta, irremediablemente, descuido los demás aspectos, olvidando que las grandes películas se construyen como un conjunto de todas las partes.

Algunos acertadamente dirán que soy un resentido social (no lo niego), porque si Avatar ha logrado recaudar $2, 551, 489, 342 dólares en taquilla (cifras según www.imdb.com) algo bueno debe de tener, en efecto no se equivocan, Avatar resulta divertida para la mayoría de las personas (no es su culpa, no es que no gusten del cine, no saben apreciarlo), sobre todo en su primera media hora, pero en cuanto el espectador adivina a trama, la magia desaparece.

El hecho de que recaude tanto dinero en taquilla, es el mayor indicador de la muerte del cine como lo conocemos (o al menos como el autor de esta crítica lo disfruta), la imposición de la tecnología sobre los demás elementos cinematográficos (sueño húmedo de la mayoría de los productores hollywoodenses). Y en tiempos de crisis no duden que cada vez más personas apostarán por la formula Avatar(que en realidad no es nueva, aunque con las salas 3-D vive un nuevo aire).

Mucha forma, poco fondo.