martes, 7 de septiembre de 2010

El Infierno: Realidad sin ficción

Narcotráfico, drogas, autoridades corruptas, violencia, muertos en cada esquina, crisis económica, hambre, pobreza, desdicha, desolación; sé lo que están pensando, dirán las noticias han comenzado nuevamente, pero se equivoca, no son las noticias es la nueva parábola de Luis Estrada, El Infierno.
Después de 20 años en los Estados Unidos, Benjamín Díaz ha regresado a su tierra, un “ficticio” San Miguel de Allende, de donde huyó siendo un chaval en busca de oportunidades, pero se topa con que las cosas están peor que cuando el partió hacia suelo norteamericano.
Luis Estrada apoya el desarrollo de la trama en sus dos actores principales, Damian Alcazar (el “Beni”) y Joaquín Cosío (el “Cochiloco”), quienes brindan grandes actuaciones apoyados por un excelente reparto: María Rojo, Ernesto Gómez Cruz, Jorge Zarate, Daniel Giménez Cacho, entre otros (incluido un homenaje a  Mario Almada).
Al igual que en La Ley de Herodes (1999) el director trata de proyectar la realidad por medio de una parábola sobre la vida, arrancado en el humor negro para terminar en la tragedia de lo que se vive, pero, al contrario de la película del 99 El Infierno se ve rebasada por lo cotidianeidad.
Es difícil no ver la cinta y sentir que el relato de Estrada se queda corto con lo que miles de mexicanos viven diariamente, mientras que el La Ley de Herodes el México que se analizaba era el de los 72 años del PRI en el poder y al menos para esas fechas se vislumbraba un cambio, incierto pero cambio al fin. El presente luce más nublado.
Muestra es que en alguna parte del largometraje uno de los personajes apunta que ya hay 13 mil muertos debido a la “guerra” contra el narcotráfico, eso hace una año de la filmación y como lo dijo Estrada en la conferencia de prensa, esa cifra sonaba ilógica y por eso la usaron, tristemente al día de hoy ese numero “estratosférico” se ha visto rebasado y con creces.
Damian Alcazar de nuevo interpreta el papel de un hombre que es victima de las circunstancias y de su entorno, que ve rebasados sus deseos de superación y ante el callejón sin salida decide subsistir no importando el precio ni las consecuencias.
Por su parte Joaquín Cosío logra con su “Cochiloco” un interpretación que quedará arraigada en el subconsciente colectivo del mexicano y se convertirá en una referencia obligada sobre el estilo de vida de los narcotraficantes.
Sí algo hay que reconocerle a Luis Estrada es la sapiencia para saber llevar el filme sin que el ritmo decaiga y la atención de espectador no se escape. Además de un buen guión plagado de lugares comunes del acontecer nacional, desde el policía corrupto hasta la prostituta de buen corazón, en este caso Elizabeth Cervantes como Lupita.
Hacia el final de la cinta las reacciones son diversas, supongo que en el Distrito Federal el público puede tornarse más reflexivo con lo que acaba de ver, pero no puedo evitar preguntarme ¿Qué sentirán los habitantes de Tijuana, Monterrey, Michoacán, o cualquier otro lugar del país donde la única ley que existe es la del más fuerte, al ver El Infierno? En caso de que la inseguridad les haya permitido llegar a su cine más cercano.
Quizá, como bien apunta Maximiliano Torres en su columna en Milenio Diario, Luis Estrada debió esperar un poco más para hacer una reflexión de este tamaño, aunque, quizá para entonces no exista país que retratar.

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